Lobo gris Los lobos grises experimentan el duelo como una crisis social y emocional dentro de la manada. Al morir un miembro —especialmente la pareja alfa o una cría—, los sobrevivientes aúllan de forma diferente: más prolongada, grave y frecuente, como si llamaran a quien ya no responde. Dejan de jugar, cazan menos eficientemente y pasan horas junto al cuerpo, oliéndolo, lamiéndolo o acostándose cerca. En algunos casos, abandonan temporalmente su territorio, quizás porque los recuerdos son demasiado dolorosos. La cohesión de la manada se resiente, y puede tomar semanas recuperar la normalidad. Dado que su supervivencia depende de la cooperación estrecha, la pérdida de un individuo clave debilita no solo emocional, sino funcionalmente al grupo. Su duelo refleja la profundidad de sus vínculos familiares: no son solo compañeros de caza, sino hermanos, padres e hijos. Para los lobos, la muerte no es un final silencioso; es un eco que aúlla en el alma de la manada.
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