Despedirse y saludarse con un ritual físico Despedirse y saludarse con un ritual físico —un abrazo, un beso, una palmada o incluso una frase fija como “cuídate mucho”— es una rutina familiar que sella transiciones con afecto. En México, es común el “beso en la mejilla” al llegar o salir, incluso entre adolescentes y padres. En Japón, una reverencia sincera; en Kenia, un apretón de manos específico. Estos gestos parecen triviales, pero neurocientíficamente liberan oxitocina, reducen la ansiedad de separación y refuerzan la seguridad del apego. Para los niños, saber que siempre habrá un abrazo al regresar les da confianza para explorar el mundo. Para los adultos, ese contacto breve es un recordatorio constante de pertenencia. En tiempos de prisa o estrés, mantener este ritual —aunque sea rápido— evita que la rutina borre la ternura. No se trata de formalidad, sino de decir sin palabras: “te veo, te extrañaré, vuelvo a ti”. Y en ese simple gesto repetido miles de veces a lo largo de la vida, se construye una red invisible de amor que sostiene a toda la familia, incluso en la distancia.
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